Bajo la presión de la vela más pequeña que podía aparejar, se dirigía hacia tierra como un caballo de carreras, y gobernarla sobre las crestas de las olas para que no tropezara era una labor delicada. Me puse al timón y aproveché al máximo la situación.
La noche se cerró antes de que el balandro alcanzara tierra, dejándola tanteando el rumbo en una oscuridad total. Al poco rato vi rompientes más adelante. Por esto viré en redondo y me alejé de la costa, pero de inmediato me sobresaltó el tremendo estruendo de las rompientes otra vez adelante y por la amura de sotavento. Esto me desconcertó, pues no debía haber aguas bravas donde suponía que me encontraba. Me alejé bastante, luego viré en redondo, pero al encontrar también aguas bravas allí, volví a poner la proa mar adentro.
De este modo, entre peligros, pasé el resto de la noche. El granizo y el aguanieve en las feroces turbonadas me desgarraron la carne hasta que la sangre corrió por mi rostro; pero ¿qué importaba eso? Era de día, y el balandro se hallaba en medio de la Vía Láctea del mar, que está al noroeste del cabo de Hornos, y eran las blancas rompientes de un mar inmenso sobre rocas sumergidas lo que había amenazado con devorarlo durante la noche.
Era la isla Furia lo que había avistado y hacia lo que había enfocado el timón, ¡y qué panorama se desplegaba ante mí ahora y a mi alrededor! No era el momento de quejarse de la piel ajada. ¿Qué podía hacer sino navegar entre las rompientes y encontrar un canal entre ellas, ahora que era de día? Puesto que se había librado de las rocas durante la noche, seguro que encontraría el camino a la luz del día. Esta fue la mayor aventura marítima de mi vida. Dios sabe cómo se libró mi embarcación.
El balandro al fin se adentró entre pequeñas islas que lo resguardaron en aguas tranquilas. Entonces subí al mástil para contemplar el agreste paisaje a popa. El gran naturalista Darwin contempló este paisaje marino