Al día siguiente almorcé con el general Carrington, el gobernador, en Line Wall House, que en otro tiempo fue el convento franciscano. En este interesante edificio se conservan reliquias de los catorce sitios que ha presenciado Gibraltar.
Al día siguiente cené con el almirante en su residencia, el palacio, que antes fue el convento de los Mercedarios.
En todas partes, y por doquier, sentí el apretón amistoso de una mano varonil, que me infundió la fuerza vital necesaria para pasar los próximos y largos días en el mar.
Debo confesar que la perfecta disciplina, el orden y la alegría reinantes en Gibraltar no fueron sino una segunda maravilla en aquella gran fortaleza. La enorme cantidad de asuntos en marcha no causaba más agitación que la navegación silenciosa de un barco bien equipado en un mar en calma. Nadie hablaba por encima de su tono de voz natural, a excepción de algún contramaestre de vez en cuando.
El honorable Horatio J. Sprague, el venerable cónsul de los Estados Unidos en Gibraltar, honró al Spray con una visita el domingo 24 de agosto, y le agradó mucho comprobar que nuestros primos británicos habían sido tan bondadosos con él.