Isla Prisión! Oye, Hare, ¿no sabes acaso que el ron y el cerdo asado no son el cielo de un marinero?». Hare dijo después que se habría podido oír el rugido del capitán hasta
El establecimiento ilegal no tardó en desmoronarse cuando las mujeres abandonaron la Isla Prisión y se pusieron bajo la protección de Ross. Hare se dirigió entonces a Batavia, donde encontró la muerte.
Mi primera impresión al desembarcar fue que el crimen del infanticidio no había llegado a las islas Cocos Keeling.
«Los niños han venido todos a darles la bienvenida», explicó el señor Ross, mientras se concentraban en el muelle por centenares, de todas las edades y tamaños.
La gente de este país era bastante tímida, pero, jóvenes o mayores, nunca pasaban junto a uno ni veían a nadie pasar por su puerta sin un saludo. Con sus voces musicales decían: «¿Estás caminando?» («¿Jalan, jalan?»). «¿Vienes a acompañarme?», respondía uno.
Mucho después de mi llegada, los niños miraban el «barco unipersonal» con recelo y temor. Un nativo había sido arrastrado mar adentro muchos años atrás, y se rumoreaban unos a otros que quizás se había transformado de negro en blanco y había regresado en el balandro. Durante un tiempo, cada movimiento que hacía era vigilado de cerca. Estaban particularmente interesados en lo que comía. Un día, después de haberle dado «patente» al balandro con una mezcla de alquitrán de hulla y otras cosas, y mientras almorzaba, con el lujo de mermelada de moras, oí un alboroto, y luego un grito y una estampida, mientras los niños huían gritando: «¡El capitán está comiendo alquitrán de hulla! ¡El capitán está comiendo alquitrán de hulla!».