Tiempo turbulento en las Azores—Buena vida—Delirante a causa del queso y las ciruelas—El piloto de la Pinta—En Gibraltar—Saludos intercambiados con la marina británica—Un pícnic en la costa de Marruecos.
Zarpé de Horta temprano el 24 de julio. El viento del suroeste era flojo por entonces, pero con el sol se levantaron turbonadas, y me alegré bastante de tomar rizos en mis velas antes de haber avanzado una milla. Apenas había izado la mayor, con doble rizo, cuando una ráfaga de viento bajada de los montes golpeó al balandro con tal violencia que creí que se le iría el mástil. Sin embargo, un golpe rápido de timón la puso proa al viento. Tal como fue, una de las Drake de barlovento se rompió y la otra quedó hecha hebras. Mi palangana de estaño, arrebatada por el viento, salió volando por encima de un buque escuela francés a sotavento. El día estuvo más o menos borrascoso, navegando junto a tierras altas; pero al doblar muy cerca de un acantilado, hallé la ocasión de reparar las Drake rotas en la turbonada. No hube de haber bajado las velas cuando un bote de cuatro remos salió disparado de algún barranco en las rocas, con un oficial de aduanas a bordo, que creía haber dado con un contrabandista. Me costó algo hacerle comprender la verdadera situación. Sin embargo, uno de sus tripulantes, un tipo marinero que entendía cómo iban las cosas, mientras parlamentábamos saltó a bordo y guarnió las nuevas Drake que yo ya tenía preparadas, y con mano amiga me ayudó a «tesar la arboladura». Este incidente inclinó la balanza a mi favor. Mi historia quedó entonces clara para todos. He hallado que así es el mundo. ¡Esté uno sin un amigo, y vea lo que sucede!