«Debes usarlas con discreción —dijo—; es decir, no las pises tú mismo». Con esta remota indirecta sobre el uso de las tachuelas me apañé bien, y vi el modo de mantener la cubierta despejada por la noche sin la preocupación de hacer
Samblich se interesó mucho por mi viaje y, tras darme los clavos, cargó a bordo sacos de galletas y una gran cantidad de venado ahumado.
Afirmaba que mi pan, que eran las galletas de mar ordinarias y se rompían fácilmente, no era tan nutritivo como el suyo, el cual era tan duro que solo podía romperlo con un fuerte golpe de mazo.
Luego me dio, de su propio balandro, una brújula que sin duda era mejor que la mía, y se ofreció a desvergar su vela mayor para dármela si la aceptaba.
Por último, este hombre generoso sacó una botella de polvo de oro fueguino del lugar donde lo tenía escondido y me suplicó que tomara cuanto quisiera para usarlo más adelante en el viaje.
Pero yo estaba seguro del éxito sin recurrir a este favor de un amigo, y acerté. Los clavos de Samblich, según resultó, valían más que el oro.
El capitán del puerto, al ver que yo estaba decidido a irme, incluso solo, ya que no había más remedio, no puso más objeciones, pero me aconsejó que, en caso de que los salvajes intentaran rodearme con sus canoas, disparara derecho y empezara a hacerlo a tiempo, aunque evitando matarlos si era posible, en lo cual estuve plenamente de acuerdo. Con estas sencillas recomendaciones, el oficial me entregó el permiso de zarpe sin coste alguno, y zarpá el mismo día, el 19 de febrero de 1896. No sin albergar pensamientos de extrañas y emocionantes aventuras, superiores a todo cuanto había encontrado hasta entonces, me adentré