El Spray batía entonces contra el viento y la corriente, como de costumbre en el estrecho. En este punto las mareas del Atlántico y del Pacífico se encuentran, y en el estrecho, al igual que en la costa exterior, su encuentro provoca una conmoción de remolinos y olas gigantescas que, en caso de vendaval, resulta peligrosa para las canoas y otras embarcaciones frágiles.
Unas millas más adelante había un gran vapor encallado y con la quilla al aire. Al pasar por este lugar, el balandro entró en una franja de viento suave y luego —una condición de lo más extraña para el tiempo del estrecho— quedó en completa calma. Al instante encendieron hogueras de señales por todas partes y, acto seguido, aparecieron a la vista más de veinte canoas, todas con rumbo al Spray. Al ponerse al alcance de la voz, sus salvajes tripulantes gritaron: «Amigo yammerschooner», «Anclas aquí», «Bueno puerto aquí» y otros fragmentos de español mezclados con su propia jerga. No tenía la menor intención de fondear en su «buen puerto». Izé la bandera del balandro y disparé un cañonazo, todo lo cual bien podían interpretar como un saludo amistoso o una invitación a acercarse. Se detuvieron formando un semicírculo, pero manteniéndose a más de ochenta yardas, distancia que, en defensa propia, habría marcado la línea de la muerte.
En su pequeña flota había un bote de barco robado probablemente a una tripulación asesinada. Seis salvajes lo remaban con cierta torpeza con las palas de unos remos que se habían partido.
Dos de los salvajes, de pie y erguidos, llevaban botas de mar, y esto confirmaba la sospecha de que habían atacado a la tripulación de algún barco desdichado, y añadía además el indicio de que ya habían visitado la cubierta del Spray, y ahora lo intentarían de nuevo con él si podían.
Sus botas de mar, no me cabe duda, habrían protegido sus pies y hecho inofensivos los tachuelas de alfombra.