fue tomada por un pez brillante; y mientras giraban, de la manera tan peculiar que tienen los tiburones cuando están a punto de devorar a su presa, les pegué un tiro en la cabeza.
Su precario estilo de vida parecía preocupar muy poco a los peces limón, por no decir nada. Todos los seres vivos, sin duda, temen a la muerte.
No obstante, vi a algunas de las especies apiñarse como si supieran que habían sido creadas para los peces más grandes, y desearan causarle el menor problema posible a sus captores.
He visto, por otra parte, ballenas nadando en círculo alrededor de un banco de arenques, y con un gran esfuerzo «aglutinándolos» en un remolino puesto en movimiento por sus aletas caudales, y cuando los pececillos estaban todos bien arremolinados, uno u otro de los leviatanes, arremetiendo a través del centro con las fauces abiertas, tragarse un cargamento o algo así de un solo bocado.
Frente al cabo de Buena Esperanza vi bancos de sardinas u otros peces pequeños tratados de esta manera por un gran número de jureles. No había la menor posibilidad de escape para las sardinas, mientras los jureles daban vueltas y más vueltas, alimentándose desde el borde de la masa. Era interesante observar con qué rapidez desaparecían los pececillos; y aunque se repitió ante mis ojos una y otra vez, apenas pude percibir la captura de una sola sardina, tan dexterosamente se llevaba a cabo.