capitán». «Yack», dijo Taloa, que casi había aprendido a decir yes en inglés, y acompañando la acción con la palabra, se acercó un trecho, sentándose todos en círculo sobre esteras. No me cautivó menos la elocuencia del jefe que la sencillez de todo cuanto dijo. No había en él nada pomposo; podría haber pasado por un gran erudito o estadista, el más modesto de los hombres que conocí en el viaje. En cuanto a Taloa, una especie de Reina de Mayo, y las otras jóvenes tapo, bueno, es prudente aprender lo antes posible los modales y costumbres de este pueblo hospitalario y, entretanto, no tomar por exceso de confianza lo que pretende ser un honor para el huésped. Fui afortunado en mis travesías por las islas y no vi nada que pudiera tambalear la fe de uno en la virtud nativa.
Para la mente poco convencional, la etiqueta puntillosa de Samoa es tal vez un poco dolorosa.
Por ejemplo, descubrí que al participar del ava, el cuenco social, se supone que debo arrojar un poco de la bebida por encima del hombro, o fingir que lo hago, y decir: «Que beban los dioses», para luego bebermela toda yo mismo; y estando el plato, invariablemente una cáscara de coco, vacío, no debía pasarlo cortésmente como lo haríamos nosotros, sino arrojarlo cortésmente girando sobre las esteras hacia la tapo.
Mi error más grave durante mi estancia en las islas lo cometí sobre un jamelgo que, animado por un buen trozo de camino, tuvo a bien romper en un trote vivo a través de una aldea. Fui interceptado al instante por el ayudante del jefe, quien con voz airada me obligó a detener la marcha. Al darme cuenta de que estaba en un aprieto, hice señas pidiendo perdón, que era lo más prudente, aunque no sabía qué ofensa había cometido.