tenía derecho a mis propias opiniones en asuntos relacionados con el mar.
Se me reveló a menos de una legua de los muelles de Boston, donde un gran trasatlántico, con su tripulación, oficiales y práctico completos, yacía encallado y partido, que el mejor de los marinos podría hacerlo peor que yo solo. Era el Venetian. Estaba partido completamente en dos sobre una restinga. Así que en la primera hora de mi travesía en solitario tuve la prueba de que el Spray al menos podía hacerlo mejor que este vapor plenamente tripulado, pues yo ya estaba más lejos en mi viaje que él. «Toma escarmiento, Spray, y anda con cuidado», le dije en voz alta a mi embarcación, que se deslizaba en silencio, como un hada, bahía abajo.
El viento refrescó, y el Spray rebasó el faro de Deer Island a una velocidad de siete nudos.
Al pasarla, enfiló directamente hacia Gloucester para aprovisionarse allí de pertrechos de