colisión, se habían partido en el escobén. No tuve de qué quejarme en absoluto, sin embargo, al final, pues el capitán, después de fondear su barco a la gira, remolcó al Spray hasta el interior del puerto, fuera de todo peligro, y lo envió de vuelta, al mando de un oficial y tres hombres, a su fondeadero en la bahía, con una nota cortés en la que decía que repararía cualquier daño ocasionado.
¡Pero qué bandazos dio con ella cuando apareció con un desconocido al timón!
Su viejo amigo el piloto de la Pinta no habría cometido semejante torpeza marinera. Pero, para mi gran alegría, consiguieron atracarla en un buen sitio, y la neuralgia se me pasó entonces, o la olvidé.
El capitán del vapor, como buen marino, cumplió su palabra, y su agente, el señor Collishaw, me entregó al día siguiente el importe del ancla y la cadena perdidas, con un extra por la angustia mental.
Recuerdo que me ofreció doce libras de entrada; pero como mi número de la suerte era el trece, dejamos la cantidad en trece libras, con lo que quedaron zanjadas todas las cuentas.
Zarpé de nuevo el 9 de mayo, con un fuerte viento del suroeste que impulsó al Spray con gallardía hasta Port Stevens, donde calmó y después roló en contra; pero el tiempo era bueno, y así se mantuvo durante muchos días, lo cual supuso un gran cambio respecto a las condiciones meteorológicas que había experimentado allí unos meses antes.
Al tener una colección completa de cartas hidrográficas oficiales de la costa y de la Gran Barrera de Arrecifes, me sentía tranquilo. El capitán Fisher, de la Marina Real, que había navegado a través de los pasos de la Barrera a bordo del H.M.S. Orlando, me aconsejó desde un principio que tomara esta ruta, y no me arrepentí de haber vuelto a ella ahora.