una isla considerable, en la que siempre pensaré como la Isla de las Ranas, pues el Spray se vio hechizado por un millón de voces. Desde la Isla de las Ranas nos dirigimos hacia la Isla de los Pájaros, llamada Isla Gannet, y a veces Roca Gannet, sobre la cual hay un faro brillante e intermitente que destellaba de manera caprichosa sobre la cubierta del Spray mientras este navegaba a lo largo de sus luces y sombras. Desde allí, trazando un rumbo hacia la Isla de Briar, me encontré entre embarcaciones la tarde siguiente en los caladeros occidentales, y tras hablar con un pescador fondeado que me dio un rumbo equivocado, el Spray navegó directamente sobre el arrecife suroeste, cruzando la peor corriente de marea de la bahía de Fundy, y llegó al puerto de Westport, en Nueva Escocia, donde había pasado ocho años de mi vida de muchacho.
El pescador bien pudo haber dicho «este-sudeste», el rumbo que llevaba cuando lo llamé; pero me pareció que decía «este-noreste», y en consecuencia lo cambié a ese. Antes de decidirse a responderme del todo, aprovechó la ocasión de su propia curiosidad para saber de dónde era, y si iba solo, y si no tenía «ni un perro ni un gato». Fue la primera vez en toda mi vida en el mar que escuché que a una llamada informativa se respondía con una pregunta. Creo que el sujeto pertenecía a las islas Extranjeras. Había una cosa de la que estaba seguro, y era que no pertenecía a la isla de Briar, porque esquivó un golpe de mar que salpicó la borda y, al detenerse para quitarse el agua de la cara, perdió un magnífico bacalao que estaba a punto de embarcar. Mi isleño no habría hecho eso. Es bien sabido que un nativo de Briar, haya o no peces en su anzuelo, jamás se acobarda ante un golpe de mar. Tan solo atiende a sus líneas y cobra o «asierra». Pues bien, ¿no he visto a mi viejo amigo el diácono W. D⸺, un hombre de bien de la isla, mientras escuchaba un sermón en la pequeña