bramó a su segundo—, oficial, ven aquí y escucha la milonga de este yanqui. ¡Arria la bandera, oficial, arria la bandera! De muy buen humor, a fin de cuentas, el Java se rindió ante el Spray.
El dolor agudo de la soledad experimentado al principio nunca volvió.
Había penetrado en un misterio y, a propósito, había navegado a través de la niebla.
Había conocido a Neptuno en su furia, pero él descubrió que no lo había tratado con desprecio, y así me permitió continuar y explorar.
En el registro del 18 de julio hay esta anotación:
“Buen tiempo, viento sur-suroeste. Marsopas retozando por todas partes. El S.S. Olympia pasó a las 11:30 a. m. , long. O. 34° 50′.”
«Faltan ahora tres minutos para la media hora», gritó el capitán, mientras me daba la longitud y la hora. Admiré el aire profesional del Olympia; pero sigo teniendo la sensación de que el capitán fue un poco demasiado preciso en su cálculo. Eso puede estar muy bien, sin embargo, cuando hay mucho espacio en alta mar. Pero el exceso de confianza, creo, fue la causa del desastre del transatlántico Atlantic, y de muchos más como él. El capitán sabía demasiado bien dónde estaba. ¡No había marsopas en absoluto saltando junto al Olympia! Las marsopas siempre prefieren los veleros. El capitán era un hombre joven, observé, y tenía por delante, espero, un buen historial.
¡Tierra a la vista! En la mañana del 19 de julio, una cúpula mística semejante a una montaña de plata se alzaba sola en el mar ante nosotros. Aunque la tierra estaba completamente oculta por la bruma blanca y reluciente que