con gran confusión. Justo cuando estaba pensando en tomar rizos, el estay del foque se rompió en el tope del mástil y cayó, con foque y todo, al mar. Me produjo una sensación de lo más extraña ver caer la vela abombada y, donde había estado, ver de repente solo el vacío. Sin embargo, me encontraba en la proa, con la presencia de ánimo suficiente para recogerla con la primera ola que se acercaba, antes de que se desgarrara o quedara bajo el fondo de la balandra. Por la cantidad de trabajo realizado en tres minutos o menos, descubrí que de ningún modo me había vuelto torpe de articulaciones en el viaje; en todo caso, el escorbuto no había aparecido y, estando ya a pocos grados de casa, pensé que podría completar la travesía sin la ayuda de un médico. Sí, mi salud seguía siendo buena y podía moverme por cubierta con agilidad, ¿pero sabría trepar? El gran rey Neptuno me puso a prueba severamente en este momento, pues al haberse roto el estay, el mástil mismo se agitaba como una caña y no era fácil trepar por él; pero se armó un aparejo de peineta y se tensó el estay desde el tope del mástil, ya que llevaba a bordo poleas y cabos de repuesto para aparejarlo, y el foque, con un rizo tomado, pronto volvía a tirar con fuerza hacia casa como un «soldado». Sin embargo, si el mástil del Spray no hubiera estado bien arraigado, la aventura habría terminado en un abrir y cerrar de ojos cuando el estay se rompió. El buen trabajo realizado en la construcción de mi embarcación siempre me fue de gran ayuda.
El 23 de junio estaba por fin harto, harto, harto de turbonadas desconcertantes y mares de olas cortas y caprichosas. Llevaba días y días sin ver una embarcación, allí donde esperaba la compañía de al menos una goleta de vez en cuando.
En cuanto al silbido del viento a través de la cabullería y al batir del mar contra los costados del balandro, eso estaba bastante bien a su modo, y no habríamos podido arreglárnoslas sin ello, el Spray y yo; ¡pero era tanto ahora, y duraba tanto tiempo!