Pronto pasó otra ballena, evidentemente una compañera, que seguía su estela. No volví a ver más en esta parte del viaje, ni tampoco lo deseaba.
Tiburones hambrientos rodeaban la embarcación con frecuencia cuando se acercaba a islas o arrecifes de coral. Confieso que sentía cierta satisfacción al dispararles tal como se haría con un tigre. Los tiburones, después de todo, son los tigres del mar. Nada es más temible para la mente de un marino, creo yo, que un posible encuentro con un tiburón hambriento.
Un buen número de aves revoloteaba siempre por allí; de vez en cuando, alguna se posaba en el mástil para examinar el Spray, preguntándose quizás por sus extrañas alas, pues ahora lucía su vela mayor de Fuego, la cual, como la túnica de José, estaba hecha de muchos remiendos.
Los barcos son menos comunes en los mares del Sur que antes. No vi ni uno solo en los muchos días que duró la travesía del Pacífico.
Mi dieta en estas largas travesías solía consistir en patatas, bacalao en salazón y galletas de mar, que preparaba dos o tres veces por semana. Siempre tuve abundante café, té, azúcar y harina. Por lo general llevaba una buena provisión de patatas, pero antes de llegar a Samoa tuve un contratiempo que me dejó desprovisto de este lujo marinero tan apreciado. Tras encontrarme en Juan Fernández con el portugués yanqui llamado Manuel Carroza, quien casi me convence de cambiarle hasta las botas, me quedé sin patatas en medio del océano y fui un desdichado desde entonces. Me enorgullecía de ser algo entendido en trueques; pero este portugués de las Azores vía New Bedford, que me dio patatas nuevas a cambio de las viejas que había conseguido en el Colombia, un celemín o más de las mejores, no me dejó motivos para presumir. Quería las mías, según dijo, «para cambia el semilla». Cuando