Un dory entero habría sido pesado y difícil de manejar a solas. Es evidente que no había espacio en cubierta para más de la mitad de una embarcación, lo cual, después de todo, era mejor que no tener bote y era lo suficientemente grande para un solo hombre. Noté, además, que la embarcación recién arreglada serviría como lavadora cuando se colocara de través, y también como bañera. De hecho, para la primera función, mi dory recortado ganó tal reputación en el viaje que mi lavandera en Samoa no aceptó un no por respuesta. Pudo ver a simple vista que era un nuevo invento que superaba a cualquier ocurrencia yanqui jamás traída por los misioneros a las islas, y tuvo que quedárselo.
La falta de un cronómetro para la travesía era lo único que ahora me preocupaba.
En nuestras modernas nociones de navegación se supone que un marino no puede encontrar su rumbo sin uno; y yo mismo había caído en esta forma de pensar.
Mi viejo cronómetro, uno bueno, llevaba mucho tiempo sin usarse. Costaría quince dólares limpiarlo y ponerlo a punto. ¡Quince dólares!
Por razones de peso dejé aquel reloj en casa, donde el holandés dejó su ancla. Tenía el gran farol, y una dama de Boston me envió el precio de una gran lámpara de camarote de dos quemadores, que alumbraba la estancia por la noche y, mediante algún pequeño apaño, servía de estufa durante el día.
Estando así reparado, me hallaba una vez más listo para hacerme a la mar, y el 7 de mayo volví a zarpar. Con poco espacio para girar, el Spray, al tomar arrancada, le arrancó la pintura a una vieja embarcación de buen tiempo situada en la canal, que estaba siendo masillada y pintada para un viaje de verano. —¿Quién pagará eso? —gruñeron los pintores. —Yo —dije—. Con