Recuerdo Beauty Point por su bosque umbrío y por el camino entre los altos eucaliptos. Estando allí, el gobernador de Nueva Gales del Sur, lord Hampden, y su familia llegaron en un yate de vapor de visita turística. El Spray, fondeado cerca del muelle de desembarco, desplegó sus banderolas, por supuesto, y probablemente jamás se había visto en aquellas aguas una embarcación más insignificante que llevara las barras y las estrellas. Sin embargo, el séquito del gobernador parecía saber por qué flotaba allí y todo sobre el Spray, y cuando oí a su Excelencia decir: «presénteme al capitán», o «presente al capitán a mí», lo que fuera, me encontré de inmediato ante un caballero y un amigo, y alguien muy interesado en mi travesía. Si alguno de los miembros del grupo estaba más interesado que el propio gobernador, esa era la honorable Margaret, su hija. Al marchar, lord y lady Hampden prometieron reunirse conmigo a bordo del Spray en la Exposición de París de 1900. «Si vivimos», dijeron, y yo añadí por mi parte: «Exceptuados los peligros del mar».
Desde Beauty Point, el Spray visitó Georgetown, cerca de la desembocadura del río Tamar. Este pequeño asentamiento, según creo, marca el lugar donde los blancos dejaron las primeras huellas en Tasmania, aunque nunca llegó a ser más que una pequeña aldea.
Considerando que yo había visto algo del mundo, y encontrando aquí a personas interesadas en la aventura, hablé del asunto ante mi primer auditorio en una pequeña sala junto al camino rural.
Habiendo llevado un piano de la casa de un vecino, me ayudaron los rudos golpes que este recibió y la canción «Tommy Atkins» interpretada por un comediante ambulante.
La gente vino desde muy lejos, y la asistencia en total dejó a la sala unas tres libras esterlinas netas.
La dueña del salón, una amable señora de Escocia, no quiso cobrar alquiler, por lo que mi conferencia fue un éxito desde el principio.