bote, al ver el arma en mis manos, dio media vuelta rápidamente y remó de regreso hacia la costa, que distaba unas cuatro millas. Había seis remeros en él, y observé que remaban con toletes, al modo de los marinos entrenados, por lo que supe que pertenecían a una raza civilizada; pero su opinión sobre mí debió de ser de todo menos halagüeña cuando malinterpretaron mi propósito con el fusil y se alejaron remando con todas sus fuerzas. Les hice entender mediante gestos, aunque no sin dificultad, que no tenía la intención de disparar, que simplemente estaba guardando el arma en el camarote y que deseaba que regresaran. Cuando comprendieron lo que quería decir, volvieron y no tardaron en subir a bordo.
Uno de los del grupo, a quien los demás llamaban «rey», hablaba inglés; los otros hablaban español. Todos habían oído hablar del viaje del Spray a través de los periódicos de Valparaíso, y estaban ávidos de noticias al respecto.
Me contaron de una guerra entre Chile y la Argentina, de la cual no había tenido noticia cuando estuve allí. Acababa de visitar ambos países y les dije que, según los últimos informes, mientras me encontraba en Chile, su propia isla se había hundido. (Este mismo rumor de que Juan Fernández se había hundido corría por Australia cuando llegué allí tres meses después).
Ya tenía preparada una olla de café y una bandeja de rosquillas que, tras unas palabras de cortesía, los isleños devoraron con ganas; acto seguido, tomaron al Spray a remolque de su bote y se dirigieron hacia la isla con él a una buena velocidad de tres nudos. El hombre al que llamaban rey tomó el timón y, a base de girarlo de arriba abajo, sacudió de tal modo al Spray que creí que jamás volvería a navegar derecho. Los demás remaban con brío. El rey, según supe pronto, lo era solo por cortesía. Por haber vivido en la isla más tiempo que ningún otro hombre en el mundo —treinta