hizo girar como una peonza y se lo llevó, totalmente a sotavento de la bahía. Más a sotavento aún había un gran cabo, y puse rumbo hacia allí. Esto era desandar mi camino hacia Sandy Point, pues el vendaval soplaba desde el suroeste.
Pronto conseguí dominar bien el balandro, sin embargo, y en poco tiempo viré para ponerme al abrigo de una montaña, donde el mar estaba tan liso como la superficie de un estanque, y las velas flameaban y colgaban lacias mientras la embarcación avanzaba por inercia muy cerca de la costa.
Aquí pensé en fondear y descansar hasta la mañana, ya que la profundidad era de ocho brazas muy cerca de la orilla. Pero fue curioso ver, al soltar el ancla, que esta no llegó al fondo antes de que otro williwaw se precipitara desde aquella montaña y arrastrara el balandro más rápido de lo que yo podía soltar estacha.
Por lo tanto, en vez de descansar, tuve que «armar el cabrestante» y levar el ancla con cincuenta brazas de estacha colgando en vertical en aguas profundas. Esto ocurrió en aquella parte del estrecho llamada Famine Reach. ¡Sombrío Famine Reach!
En el cabrestante de tambor del balandro trabajé el resto de la noche, pensando en lo mucho más fácil que era para mí cuando podía decir «haz esto o aquello» que ahora tener que hacerlo todo yo mismo. Pero tiré del ancla y canté los viejos cantos marineros que entonaba cuando era marinero. En los últimos días había pasado por mucho y ahora estaba agradecido de que mi situación no fuera peor.
Amanecía cuando el ancla quedó a la altura del coselete. A estas alturas el viento había calmado, y las rachas repentinas dieron paso a rizos en el agua, mientras el balandra derivaba lentamente hacia Sandy Point.