Me barrió en la rueda del timón, la última que barrió el Spray frente al cabo de Hornos. Pareció arrastrar los viejos remordimientos. Todos mis problemas quedaban ahora en la popa; el verano estaba por delante; el mundo entero volvía a estar ante mí. El viento era, incluso literalmente, favorable. Mi «turno» en el timón había terminado, y eran las cinco de la tarde. Había estado al timón desde las once de la mañana del día anterior, es decir, treinta horas.
Entonces fue el momento de descubrirme la cabeza, pues navegaba a solas con Dios.
El vasto océano volvía a rodearme y el horizonte no se veía interrumpido por tierra alguna. Pocos días después, el Spray navegaba a todo trapo y lo vi por primera vez con unamesana desplegada. Este fue en verdad un pequeño incidente, pero un incidente que sucedía a un triunfo.
El viento seguía siendo del suroeste, pero había amainado, y los mares rugientes se habían convertido en olas parlanchinas que rizaban y repiqueteaban contra sus costados mientras el barco se balanceaba entre ellas, encantadas con su relato.
Por entonces se sucedían rápidos cambios en todo cuanto me rodeaba, mientras el barco ponía rumbo a los trópicos. Nuevas especies de aves acudieron; los albatros se rezagaron y fueron cada vez más escasos; gaviotas más ligeras vinieron en su lugar y picotearon en busca de migas en la estela del balandro.
Al décimo día del cabo Pilar se apareció un tiburón, el primero en su especie en meterse en problemas en esta parte del viaje. Lo arponié y le quité las feas mandíbulas. Hasta entonces no me había sentido con ganas de quitarle la vida a ningún animal, pero cuando el tiburón Juan se dejó ver, mis simpatías se