Haber subido el joven a bordo con cumplidos hizo que el percance fuera sumamente embarazoso. Su club había decidido que el Spray no podía ser reconocido oficialmente, debido a que no traía cartas de presentación de clubes náuticos de América, y por eso digo que parecía tanto más embarazoso y extraño que yo hubiera atrapado a por lo menos uno de los miembros, en un barril, y además, cuando no estaba pescando regatistas.
La típica embarcación de Sídney es un balandro manejable, de gran manga y enorme capacidad para llevar velamen; pero un vuelco no es infrecuente, pues navegan a vela como los vikingos.
En Sídney vi toda clase de embarcaciones, desde la elegante lancha de vapor y el cúter de vela hasta el balandro más pequeño y la canoa que paseaban por la bahía. Todo el mundo tenía un barco. Si un muchacho en Australia no tiene los medios para comprarse un barco, se construye uno, y suele ser uno del que no hay que avergonzarse.
El Spray se despojó de su túnica de José, la vela mayor del Fuego, en Sídney, y luciendo un nuevo equipo, generoso regalo del comodoro Foy, fue el buque insignia del Escuadrón Volante de Johnstone’s Bay cuando los circunnavegantes del puerto de Sídney navegaron en su regata anual. «Reconocieron» al Spray como perteneciente a «un club propio» y, con más sentimiento australiano que tiquismiquis, le otorgaron mérito por su historial.
El tiempo pasó rápidamente por aquellos días en Australia, y el 6 de diciembre de 1896 el Spray zarpó de Sídney. Mi intención era ahora navegar alrededor del cabo Leeuwin directamente hacia Mauricio en mi viaje de regreso, y así bordear la costa hacia el estrecho de Bass en esa dirección.
Había poco que informar en esta parte del viaje, salvo vientos variables, «turbonadas» y mares gruesos. El 12 de diciembre, sin embargo, fue un día excepcional, con un buen viento costero del noreste. El Spray pasó