El 18 de mayo de 1898 aparece consignado con letras grandes en el cuaderno de bitácora del Spray: «Esta noche, en latitud 7° 13′ N., por primera vez en casi tres años veo la estrella polar». Al día siguiente, el Spray registró un recorrido de ciento cuarenta y siete millas. A esto añado treinta y cinco millas correspondientes a la corriente que lo empujaba. El 20 de mayo, hacia la puesta del sol, la isla de Tobago, frente al Orinoco, apareció a la vista con rumbo oeste cuarto al norte, a una distancia de veintidós millas. El Spray se acercaba rápidamente a su destino de origen.
Más tarde, por la noche, mientras navegaba a su ancho por la costa de Tobago, con el viento aún fresco, me sobresaltó el repentino destello de las rompientes por la amura de babor y no muy lejos. Cinté al instante mar adentro y luego viré por avante, poniendo proa hacia la isla. Al poco rato, viéndome muy cerca de tierra, viré de nuevo mar adentro, pero sin alterar mucho las marcaciones del peligro. Navegara hacia donde navegara, parecía claro que, si el balandro lograba librar las rocas, sería por los pelos, y observé con ansiedad, mientras ceñía contra la corriente, perdiendo terreno sin cesar. Así transcurrieron las horas, una tras otra, mientras contemplaba los destellos de luz arrojados con tanta regularidad como los latidos de las largas olas oceánicas, y siempre me parecían un poco más cerca.