el universo y a veces con mi propio e insignificante ser; pero mis libros fueron siempre mis amigos, fallara todo lo demás. Nada podía ser más fácil ni más relajante que mi travesía con los vientos alisios.
Navegué con viento favorable día tras día, marcando la posición de mi barco en la carta náutica con considerable precisión; pero esto lo hice por intuición, creo, más que por cálculos serviles.
Durante un mes entero mi embarcación mantuvo su rumbo invariable; no tuve, entretanto, ni siquiera una luz en el bitácora. La Cruz del Sur la veía cada noche por el través. El sol cada mañana salía por la popa; cada atardecer se ocultaba por la proa. No deseaba ninguna otra brújula para guiarme, pues estas eran verdaderas. Si dudaba de mi cálculo tras un largo tiempo en el mar, lo verificaba leyendo el reloj allá en lo alto hecho por el Gran Arquitecto, y estaba en lo correcto.
No se podía negar que el lado cómico de aquella extraña vida se manifestaba.
A veces me despertaba y encontraba el sol brillando ya en mi camarote. Oía el agua correr a mi lado, con apenas una fina tabla entre mí y las profundidades, y me decía: «¿Cómo es esto?».
Pero todo iba bien; era mi barco en su rumbo, navegando como ningún otro barco lo había hecho jamás en el mundo. El agua que corría junto a su costado me indicaba que navegaba a toda velocidad. Sabía que ninguna mano humana estaba al timón; sabía que todo iba bien con «la marinería» en proa, y que no había ningún motín a bordo.
Los fenómenos de la meteorología oceánica eran estudios interesantes aun aquí en la región de los alisios. Observé que cada siete días aproximadamente el viento soplaba con más fuerza y se desviaba varios puntos más de lo habitual desde la dirección