viento feroz, habitual en las tierras magallánicas, continuó durante todo el día y arrastró el balandro a lo largo de varias millas de empinados acantilados y precipicios que colgaban sobre una costa abrupta de aspecto agreste y poco acogedor. No me pesó alejarme de allí, aunque al hacerlo no era precisamente hacia una costa elísea hacia donde puse mi rumbo.
Continué navegando con esperanza, puesto que no me quedaba otra opción que seguir adelante, dirigiéndome hacia la bahía de San Nicolás, donde había anclado el 19 de febrero. ¡Ahora era ya el 10 de marzo! Al llegar a la bahía por segunda vez, había circunnavegado la parte más agreste de la desolada Tierra del Fuego.
Pero el Spray aún no había llegado a San Nicolás, y por pura casualidad sus huesos se salvaron de descansar allí cuando por fin llegó. La rotura de una escota de foque en un williwaw, cuando el mar estaba revuelto y el barco se adentraba en la tormenta, me hizo ir hacia la proa para ver al instante un acantilado oscuro por delante y rompientes tan cerca de la proa que me sentí perdidamente perdido —y en mis pensamientos clamé—: «¿Está acaso la mano del destino en mi contra, conduciéndome al final a este oscuro rincón?».
Salté hacia la popa de nuevo, sin hacer caso de la vela que flameaba, y metí el timón a la vía, esperando, mientras la balandra descendía al seno de una ola, sentir que sus maderas se hacían añicos bajo mis pies contra las rocas. Pero al contacto con el timón, el barco se libró del peligro y al momento siguiente se encontraba al amparo de la costa.
Era hacia la pequeña isla en medio de la bahía hacia donde el balandro había estado navegando, y a la que llegó con tan infalible puntería que por poco la atropella. Más adelante en la bahía estaba el fondeadero, al que logré llegar, pero antes de poder echar el ancra otra racha de viento atrapó al balandro y lo