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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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IX. Reparación de las velas del Spray

le expliqué que esa arma seguía disparando sin parar, se le cayó la mandíbula y habló de marcharse. No le impedí que se fuera.

Les di a las indias bizcochos y carne de res, y una de ellas me dio a cambio varios trozos de sebo, y creo que vale la pena mencionar que no me ofreció los pedazos más pequeños, sino que, tomándose una molestia adicional, me entregó el más grande de todos los trozos que había en la canoa. Ningún cristiano habría hecho más.

Antes de apartarnos del balandro, el astuto salvaje pidió cerillas e hizo el amago de alcanzar con la punta de su lanza la caja que iba a darle; pero se la tendí sobre el cañón de mi rifle, aquel que «seguía disparando».

El tipo cogió la caja del arma con bastante precaución, eso sí, pero dio un brinco cuando dije: «Quedao», ante lo cual las indias se echaron a reír y no parecieron nada disgustadas. Quizá el miserable las hubiera apaleado esa mañana por no haber juntado suficientes mejillones para su desayuno.

Reinaba un buen entendimiento entre todos nosotros.

Desde la isla Charles, el Spray cruzó hasta la bahía Fortescue, donde ancló y pasó una noche cómoda al amparo de tierras altas, mientras el viento aullaba afuera. La bahía estaba desierta ahora. Eran indios de Fortescue los que había visto en la isla, y estaba muy seguro de que no podrían seguir al Spray con este fuerte temporal.

Sin embargo, para no omitir ninguna precaución, esparcí tachuelas por la cubierta antes de acostarme.

Al día siguiente, la soledad del lugar se vio interrumpida por la aparición de un gran vapor, que se dirigía al fondeadero con altaneroporte. No era ninguna embarcación de Diego. Conocía el lanzamiento de proa, el modelo y el porte. Izé mi bandera y enseguida vi cómo las barras y estrellas se desplegaban al viento desde el gran barco.

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