traído, suficiente para durar una semana, pues les había hablado de mi infeliz mayordomo.
Cuanto más intentaba el Spray marear a aquellas señoritas, más palmeaban ellas y decían: «¡Qué encanto!» y «¡Qué bien desliza por sobre las olas!» y «¡Qué hermosa se ve nuestra isla desde la distancia!», y aún seguían gritando: «¡Sigue!».
Estábamos a quince millas mar adentro, o más, antes de que cesara su ansioso clamor de «¡Sigue!». Entonces el balandro viró en redondo, mientras yo aún esperaba estar de vuelta en Port Louis a tiempo para cumplir con mi cita. El Spray llegó a la isla con rapidez y voló raudo a lo largo de la costa; pero cometí el error de navegar cerca del litoral en el viaje de regreso, pues al ponernos a la altura de la bahía de Tombo, esta hechizó a mi tripulación.
«¡Oh, fondeemos aquí!», exclamaron. A esto ningún marinero del mundo habría dicho que no. El balandro echó anclas diez minutos más tarde, tal como deseaban, y un joven en el acantilado de enfrente, agitando el sombrero, gritó: «¡Vive la Spray!».
Mis pasajeras dijeron: «Tía, ¿podemos darnos un baño en las olas de la orilla?». Justo en ese momento apareció la lancha del capitán del puerto, saliendo a nuestro encuentro; pero ya era demasiado tarde para meter el balandro en Port Louis esa noche. La lancha llegó a tiempo, sin embargo, para desembarcar a mi hermosa tripulación para un baño; pero ellas estaban decididas a no abandonar el barco.
Mientras tanto, preparé un techo para pasar la noche en cubierta con las velas, y un sirviente bengalí dispuso la cena. Aquella noche el Spray fondeó en la bahía de Tombo con su preciada carga. A la mañana siguiente, muy temprano, incluso antes de que se apagaran las estrellas, me desperté al oír rezos en cubierta.