Con África, la costa más cercana a sotavento, a tres mil millas de distancia, sin una sola gota de agua en la babor, y un negro flaco y hambriento; bien, se echara la suerte como se quisiese, a la tripulación del Spray dentro de poco le habría costado mucho dejarse encontrar.
Huelga decir que no volví a correr tales riesgos. Las tridacna las conseguí más tarde en una barca segura; treinta de ellas ocuparon el lugar de tres toneladas de lastre de cemento, que arrojé por la borda para hacer sitio y ganar flotabilidad.
El 22 de agosto, el kepiting, o lo que fuera que retenía a la balandra entre las islas, soltó su presa, y ella se abrió mar adentro a todo trapo, poniendo de nuevo proa a casa. Tras superar una o dos olas gigantescas en la franja del atolón, dejó atrás los arrecifes centelleantes. Mucho antes de que oscureciera, Keeling Cocos, con sus mil almas, tan inmaculadas en sus vidas como tal vez sea posible para los frágiles mortales, quedó fuera de vista, en la popa. Fuera de vista, digo, excepto en mi más profundo afecto.
El mar era bravío y el Spray cabeceaba pesadamente al ceñir el viento, rumbo que puse hacia la isla de Rodríguez y que ponía el mar por el través.
El rumbo verdadero hacia la isla era oeste cuarto al sur, y la distancia, de mil novecientas millas; pero goberné bastante a barlovento de este para compensar el empuje de la mar y otros efectos de sotavento.
Mi balandra en este rumbo navegó con velas rizadas durante días enteros. Naturalmente, me cansé del incesante movimiento del mar y, sobre todo, de las mojaduras que sufría cada vez que me dejaba ver en cubierta.
Bajo estas condiciones meteorológicas adversas, el Spray parecía retrasarse en su rumbo; al menos, atribuí a estas condiciones una discrepancia en la corredera, que hacia el décimo quinto día de navegación desde Keeling ascendía a ciento cincuenta millas entre el contador y los cálculos