Pasando la isla del Pico, tras reparar el aparejo, el Spray se encaminó a sotavento de la isla de San Miguel, a la que llegó temprano en la mañana del 26 de julio, con el viento soplando con fuerza. Más tarde ese día pasó junto al magnífico yate de vapor del Príncipe de Mónaco con rumbo a Fayal, donde, en un viaje anterior, el príncipe había soltado amarras para «evitar un recibimiento» que los padres de la isla querían ofrecerle. Por qué temía tanto la «ovación» no pude averiguarlo. En Horta no lo sabían.
Desde que había llegado a las islas, había vivido de la manera más suntuosa a base de pan fresco, mantequilla, verduras y frutas de todas clases. Las ciruelas parecían abundar más en el Spray, y de estas comí sin medida. Tenía también un queso blanco de Pico que el general Manning, el cónsul general estadounidense, me había regalado —el cual supuse que debía comerse—, y de este di cuenta junto con las ciruelas. ¡Ay! Por la noche estaba doblado por los cólicos.
El viento, que ya soplaba con fuerza, arreciaba un tanto, con el cielo muy cargado hacia el sudoeste. Los rizos habían sido sacados, y de algún modo debía volver a meterlos.
Entre calambres arrié la mayor, tensé las bozas lo mejor que pude y até punto por punto en el doble rizo. Habiendo mar abierto, con estricta prudencia habría debido asegurar todo y bajar de inmediato a mi camarote.
Soy un hombre prudente en el mar, pero esta noche, ante la inminencia de la tormenta, izué mis velas, las cuales, por muy rizadas que estuvieran, seguían siendo demasiado para un tiempo tan tempestuoso; y me aseguré de que las escotas quedaran firmemente amarradas.
En una palabra, debería haberme puesto a la capa, pero no lo hice. En su lugar, le puse la mayor con doble rizo y el foque entero, y la puse en su rumbo. Luego bajé y me tiré en el suelo del camarote con gran dolor.