estas fue casi el mismo que el del primer grupo. Me pregunté por qué, con mi jactanciosa autosuficiencia, no lo había hecho al menos mejor que esto. Entonces fui en busca de una discrepancia en las tablas, y la encontré. En las tablas descubrí que la columna de cifras de la que había obtenido un logaritmo importante era errónea. Era un asunto que podía demostrar sin lugar a dudas, y marcaba la diferencia tal como se ha dicho. Corregidas las tablas, continué navegando con la confianza en mí mismo intacta, y con mi reloj de hojalata profundamente dormido. El resultado de estas observaciones halagó naturalmente mi vanidad, pues sabía que algo era pararse en la cubierta de un gran barco y, con dos ayudantes, tomar observaciones lunares aproximadamente cercanas a la verdad. Como uno de los más pobres marineros estadounidenses, estaba orgulloso de aquella pequeña hazaña a bordo del balandro, aunque solo fuera por casualidad.
Me hallaba entonces en sintonía con cuanto me rodeaba, y era llevado por una vasta corriente donde sentía la flotabilidad de Su mano, creadora de todos los mundos. Comprendía la verdad matemática de sus movimientos, tan bien conocidos que los astrónomos compilan tablas de sus posiciones a través de los años y de los días, y de los minutos de un día, con tal precisión que alguien que surque el mar incluso cinco años más tarde puede, con su ayuda, hallar la hora oficial de cualquier meridiano dado en la tierra.
Averiguar la hora local es un asunto más sencillo. La diferencia entre la hora local y la oficial es la longitud expresada en tiempo —cuatro minutos, como todos sabemos, representan un grado—. Este es, en resumen, el principio por el cual se halla la longitud independientemente de los cronómetros. La labor del observador lunar, aunque rara vez se practique en estos tiempos de cronómetros, es bellamente edificante, y no hay nada en el ámbito de la navegación que eleve más el corazón hacia la adoración.