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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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IV. Tiempo borrascoso en las Azores

Todo iba bien, pero había olvidado traer un patente de sanidad de Horta, y así, cuando el fiero viejo médico del puerto vino a inspeccionar, se armó un escándalo. Eso, sin embargo, era justo lo que se necesitaba. Si quieres llevarte bien con un auténtico británico, primero tienes que armar la marimorena con él.

Lo sabía muy bien, así que disparé a discreción, tiro por tiro, lo mejor que pude.

—Bueno, sí —admitió el médico al final—, su tripulación está bastante sana, sin duda, pero ¿quién conoce las enfermedades de su último puerto? —, una observación bastante razonable—. ¡Deberíamos meterle en el fuerte, señor! —bravuconeó—; pero no importa. ¡Práctica libre, señor! ¡Desatraque, patrón!

Y eso fue lo último que supe del médico del puerto.

Pero a la mañana siguiente una lancha de vapor, mucho más larga que el Spray, se puso al pairo —o tanto como pudo ponerse al pairo— de mi parte, con los saludos del oficial naval superior, el almirante Bruce, y el mensaje de que había un atracadero para el Spray en el arsenal. Este quedaba por el nuevo muelle. Yo había fondeado en el viejo muelle, entre las embarcaciones nativas, donde el agua era agitada e incómoda. Por supuesto, me alegró cambiar de sitio, y lo hice tan pronto como fue posible, pensando en la magnífica compañía que haría el Spray entre acorazados como el Collingwood, el Balfleur y el Cormorant, que se encontraban apostados allí por entonces, y a bordo de todos los cuales fui recibido, más tarde, con la mayor hidalguía.

—«¡Choca esa!» como dicen los americanos —fue el saludo que recibí del almirante Bruce, cuando pasé por el almirantazgo para agradecerle la gentileza del amarradero y el uso de la lancha a vapor que me remolcó hasta el dique.

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