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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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VIII. Del cabo Pilar al Pacífico

Más mar adentro, si bien el mar era majestuoso, había menos temor al peligro. Allí el Spray, ora como un pájaro en la cresta de una ola, ora como un náufrago muy abajo en el abismo entre las aguas, navegaba a la deriva; y así avanzaba. Pasaban días enteros, contados como cualquier otro día, pero siempre con una emoción⁠—sí, de deleite.

Al cuarto día del vendaval, acercándome rápidamente a la altura del cabo de Hornos, inspeccioné mi carta de navegación y marqué con alfileres el rumbo y la distancia hasta Puerto Stanley, en las islas Malvinas, donde podría orientarme y reparar la embarcación, cuando vi a través de un claro en las nubes una alta montaña, a unas siete leguas de distancia por el través de babor.

Para entonces, la furia implacable del vendaval había mermado, y ya le había adaptado una vela cuadra a la botavara en lugar de la mayor, que estaba hecha garras.

Cobré los cabos que arrastraban, izué esta incómoda vela rizada, estando ya el foque trinquete desplegado, y con esta vela la puse de inmediato contra el viento con rumbo a tierra, que se alzaba como una isla en el mar. Y así resultó ser, aunque no la que había supuesto.

Me sentía eufórico ante la perspectiva de entrar una vez más en el estrecho de Magallanes y abrirme paso de nuevo hacia el Pacífico, pues la mar estaba más que brava en la costa exterior de Tierra del Fuego. Era, en verdad, un oleaje montañoso. Cuando el balandro se encontraba en medio de los Chubascos más violentos, con tan solo el trinquete arrafsado izado, hasta esa pequeña vela la hacía temblar desde la sobrequilla hasta el tope del palo cuando flameaba por la caída. De haber abriganado la más mínima sombra de duda sobre su seguridad, habría sido la de que se le abriera una vía de agua en la sobrequilla, a la altura del pie del mástil; pero ni una sola vez me llamó a las bombas.

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