llevaba a bordo una gran abundancia de provisiones frescas. El capitán le dio unas órdenes a su mayordomo, y recuerdo que el ingenuo joven me preguntó si podía apañármelas, además de con otras cosas, con unas latas de leche y un queso. Cuando ofrecí mi oro de Montevideo para pagar los víveres, el capitán rugió como un león y me dijo que guardara el dinero. Fue un lote glorioso de provisiones de toda clase lo que conseguí.
De regreso al Spray , donde lo encontré todo seguro, me preparé para zarpar temprano por la mañana. Se había acordado que el vapor haría sonar su silbato para mí si se ponía en marcha primero. Observé el vapor, a ratos, durante la noche solo por el placer de ver sus luces eléctricas, una vista agradable en contraste con la ordinaria canoa fueguina con una brasa de fuego en su interior. El balandro fue el primero en ponerse en marcha, pero el Colombia , que le siguió pronto, pasó y saludó al pasar. Si el capitán me hubiera dado su vapor, su compañía no habría estado peor de lo que estuvo dos o tres meses después. Leí más tarde, en un periódico reciente de California: «El Colombia se dará por perdido». En su segundo viaje a Panamá naufragó en las rocas de la costa de California.