Los isleños de Juan Fernández obsequian con rosquillas yanqui—Las bellezas del reino de Robinson Crusoe—El monumento en la montaña a Alexander Selkirk—La cueva de Robinson Crusoe—Un paseo con los niños de la isla—¡Rumbo al oeste! con un viento favorable—Un mes de navegación libre con la Cruz del Sur y el sol como guías—Avistamiento de las Marquesas—Experiencia en el cálculo.
Asegurado el Spray, los isleños volvieron al café y a los bollos, y me sentí más que halagado de que no despreciaran mis panecillos, como lo había hecho el profesor en el estrecho de Magallanes. Entre los panecillos y los bollos había poca diferencia, salvo en el nombre. Ambos habían sido fritos en sebo, lo cual era el punto fuerte de ambos, pues en la isla no había nada más gordo que una cabra, y una cabra no es más que una bestia flaca, por mucho que se intente. Así que, con miras a hacer negocios, colgué al instante mi romana de la botavara, dispuesto a pesar sebo, ya que no había ningún oficial de aduanas que dijera: «¿Por qué hace esto?», y antes de que se pusiera el sol los isleños habían aprendido el arte de hacer panecillos y bollos. No cobré un precio alto por lo que vendí, pero las monedas antiguas y curiosas que recibí como pago —algunas procedentes del naufragio de un galeón hundido en la bahía vaya uno a saber cuándo— se las vendí después a los anticuarios por más de su valor nominal. De este modo obtuve una ganancia razonable. Me