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Donde viví y para qué viví

más admirable de cerca invisible—, la ha embargado por completo, la ha ordeñado, la ha desnatado y se ha llevado toda la crema, dejando al granjero tan solo la leche

Los verdaderos atractivos de la granja de Hollowell, para mí, eran: * su completo aislamiento, ya que estaba a unas dos millas de la aldea, a media milla del vecino más cercano y separada de la carretera por un amplio campo; * su lindero con el río, que según el dueño la protegía con sus nieblas de las heladas en primavera, aunque eso me importaba poco; * el color gris y el estado ruinoso de la casa y el granero, y las vallas desvencijadas, que interponían tal distancia entre el último ocupante y yo; * los manzanos huecos y cubiertos de líquenes, roídos por los conejos, que mostraban qué clase de vecinos tendría; * pero, sobre todo, el recuerdo que guardaba de ella desde mis primeros viajes río arriba, cuando la casa se ocultaba tras un espeso bosquecillo de arces rojos, a través del cual oía ladrar al perro de la casa. Tenía prisa por comprarla, antes de que el propietario terminara de sacar algunas piedras, de cortar los manzanos huecos y de arrancar algunos abedules jóvenes que habían brotado en el pastizal, o, en resumen, de hacer alguna mejora más. Para disfrutar de estas ventajas estaba dispuesto a encargarme de ella; como Atlas, a echarme el mundo a la espalda⁠—nunca supe qué compensación recibió él por ello⁠— y a hacer todas esas cosas que no tenían otro motivo o excusa que el poder pagarla y que no me molestaran en su posesión; pues sabía todo el tiempo

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