los árboles, nítidos y agudos a lo largo de millas sobre la tierra resonante, ahogando las notas más débiles de otras aves—¡pónganse a pensar en ello! Pondría a las naciones en estado de alerta. ¿Quién no se levantaría temprano, y cada vez más temprano cada día sucesivo de su vida, hasta volverse indeciblemente sano, rico y sabio? El canto de esta ave forastera es celebrado por los poetas de todos los países junto con las notas de sus cantores nativos. Todos los climas concuerdan con el valiente Pito el Gallo. Es más autóctono aún que los propios nativos. Su salud siempre es buena, sus pulmones son fuertes, sus ánimos nunca decaen. Aun el marinero en el Atlántico y el Pacífico es despertado por su voz; pero su sonido agudo jamás me arrancó del sueño.
No conservaba perro, gato, vaca, cerdo ni gallinas, de modo que se diría que faltaban los sonidos domésticos; ni la mantequera, ni la rueca, ni siquiera el canto de la tetera, ni el siseo del samovar, ni niños llorando para consolar a uno. Un hombre a la antigua usanza habría perdido el juicio o habría muerto de hastío antes de esto. Ni siquiera ratas en la pared, pues se habían muerto