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Sonidos

de que mi vida misma se había convertido en mi diversión y nunca dejaba de ser novedosa. Era un drama de muchas escenas y sin final. Si en verdad siempre nos estuviéramos ganando la vida y regulando nuestras existencias según el último y mejor método que hubiéramos aprendido, jamás nos veríamos afligidos por el hastío. Sigue tu genio con la suficiente fidelidad, y este no dejará de mostrarte un nuevo panorama a cada hora.

Las labores domésticas eran un pasatiempo agradable. Cuando mi suelo estaba sucio, me levantaba temprano y, sacando todos mis muebles afuera sobre la hierba —la cama y el armazón de la cama formando un solo bulto—, arrojaba agua al piso y esparcía sobre él arena blanca del estanque, y luego, con una escoba, lo fregaba hasta dejarlo limpio y blanco; y para cuando los aldeanos habían roto su ayuno, el sol de la mañana ya había secado mi casa lo suficiente como para permitirme volver a entrar, y mis meditaciones apenas se habían interrumpido.

Era agradable ver todos mis efectos domésticos sobre la hierba, formando un montoncito como el hatillo de un gitano, y mi mesa de tres patas, de la que no quité los libros, la pluma y el tintero, en pie entre los pinos y los nogales americanos. Parecían contentos de haber salido y como reacios a ser ingresados de nuevo. A veces me tentaba la idea de tender un toldo sobre ellos y sentarme allí. Valía la pena ver brillar el sol sobre estas cosas y oír soplar en ellas el viento libre; mucho más interesantes se ven los objetos más familiares al aire libre que dentro de la casa. Un pájaro se posa en la rama vecina, la vida eterna crece bajo la mesa y las matas de zarzamoras trepan por sus patas; piñas de pino, erizos de castaño y hojas de fresa están esparcidos por los alrededores. Parecía como si esta fuera la forma en que tales siluetas llegaron a transferirse a nuestros muebles, a las mesas, sillas y lechos⁠—porque en otro tiempo estuvieron en medio de ellos.

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