de aves, y vendí mi escopeta antes de irme a los bosques. No porque sea menos humano que los demás, sino porque no percibí que mis sentimientos se vieran muy afectados. No sentía compasión por los peces ni por los gusanos. Esto era la costumbre. En cuanto a la caza de aves, durante los últimos años que llevé escopeta mi coartada era que estaba estudiando ornitología, y buscaba solo aves nuevas o raras. Pero confieso que ahora me inclino a pensar que hay una manera más noble de estudiar ornitología que esta. Requiere una atención tan estrecha a los hábitos de las aves que, solo por esa razón, he estado dispuesto a prescindir de la escopeta. Sin embargo, a pesar de la objeción en aras de la humanidad, me veo obligado a dudar de que jamás se sustituyan estos pasatiempos por otros igualmente valiosos; y cuando algunos de mis amigos me han preguntado con ansiedad acerca de sus muchachos, si debían dejarles cazar, les he respondido que sí—recordando que fue una de las mejores partes de mi educación—, hacedlos cazadores, aunque al principio sean solo deportistas, y al fin grandes cazadores, para que no encuentren piezas lo bastante grandes para ellos en esta ni en ninguna otra espesura vegetal—cazadores y también pescadores de hombres. Hasta aquí soy de la opinión de la monja de Chaucer, que
“No des un cuento por gallina hurtada Que afirme que no es santa la mesnada.”
Hay un período en la historia del individuo, como en la de la raza, en que los cazadores son los «mejores hombres», como los llamaban los algonquinos. No podemos menos que apiadarnos del muchacho que nunca ha disparado un arma; no es por ello más humano, mientras que su educación ha sido lamentablemente descuidada. Esta era mi respuesta con respecto a aquellos jóvenes empeñados en tal ocupación, confiando en que pronto la superarían.