mientras que el hombre civilizado por lo general alquila el suyo porque no puede permitirse poseerlo; ni tampoco puede permitirse alquilarlo por mucho tiempo. Pero —responde alguien—, con el mero pago de este impuesto, el pobre hombre civilizado se asegura una morada que es un palacio en comparación con la del salvaje. Un alquiler anual de veinticinco a cien dólares (estas son las tarifas rurales) le da derecho a disfrutar de las mejoras de los siglos, espaciosos apartamentos, pintura y papel limpios, chimenea Rumford, revoque interior, persianas venecianas, bomba de cobre, cerradura de resorte, un sótano cómodo y muchas otras cosas. Pero ¿cómo es posible que quien se supone que disfruta de estas cosas sea tan comúnmente un hombre civilizado pobre, mientras que el salvaje, que no las tiene, es rico como un salvaje?
Si se afirma que la civilización es un verdadero avance en la condición del hombre —y creo que lo es, aunque solo los sabios aprovechan sus ventajas—, debe demostrarse que ha producido mejores viviendas sin encarecerlas; y el costo de una cosa es la cantidad de lo que llamaré vida que se requiere cambiar por ella, de forma inmediata o a la larga. Una casa promedio en este vecindario cuesta tal vez ochocientos dólares, y juntar esta suma le tomará de diez a quince años de la vida del jornalero, incluso si no tiene una familia a su cargo —calculando el valor pecuniario del trabajo de cada hombre en un dólar diario, pues si algunos reciben más, otros reciben menos—; de modo que comúnmente habrá pasado más de la mitad de su vida antes de haber ganado su choza. Si suponemos que en su lugar paga un alquiler, esta no es más que una dudosa elección entre males. ¿Habría sido prudente que el salvaje cambiara su choza por un palacio bajo estos términos?
Puede conjeturarse