sabio como Shakespeare o tan simple e ignorante como un niño, si debía sospechar en él una fina conciencia poética o estupidez. Un vecino del pueblo me contó que, cuando se lo cruzaba paseando sin rumbo por la aldea con su gorrito ceñido y silbando para sus adentros, le recordaba a un príncipe disfrazado.
Sus únicos libros eran un almanaque y un libro de aritmética, en este último de los cuales era considerablemente diestro. El primero era para él una especie de enciclopedia, que suponía contenía un resumen del saber humano, como en efecto lo contiene en gran medida. Me encantaba sondearlo sobre las diversas reformas de la época, y nunca dejaba de verlas bajo la luz más sencilla y práctica. Jamás había oído hablar de tales cosas antes. ¿Podía prescindir de las fábricas?, le pregunté. Había usado el gris casero de Vermont, dijo, y eso era bueno. ¿Podía prescindir del té y del café? ¿Ofrecía este país alguna bebida además del agua? Había infusionado hojas de cicuta en agua y las había bebido, y pensaba que eso era mejor que el agua en tiempo caluroso. Cuando le pregunté si podía prescindir del dinero, demostró la conveniencia del dinero de tal manera que sugería y coincidía con las explicaciones más filosóficas sobre el origen de esta institución, y la mismísima etimología de la palabra pecunia. Si un buey fuera de su propiedad, y deseara conseguir agujas y hilo en la tienda, pensaba que sería inconveniente y pronto imposible andar hipotecando una porción de la criatura cada vez por esa cantidad. Podía defender muchas instituciones mejor que cualquier filósofo, porque al describirlas tal como le afectaban, daba la verdadera razón de su predominio, y la especulación no le había sugerido ninguna otra. En otra ocasión, al oír la definición de Platón del hombre —un bípedo sin plumas— y que alguien exhibió un gallo desplumado y lo llamó el hombre de Platón, consideró que una diferencia importante era que las rodillas se doblaban al revés. A