Nuestra vida es como una Confederación Germánica, compuesta de pequeños estados, con sus fronteras fluctuando perpetuamente, de modo que ni siquiera un alemán sabría deciros cuáles son sus límites en un momento dado.
La nación misma, con todas sus llamadas mejoras internas —que, a propósito, son todas externas y superficiales—, es un establecimiento tan desgarbado y crecido en exceso, abarrotado de muebles y tropezando con sus propias trampas, arruinado por el lujo y el gasto imprudente, por la falta de cálculo y de un propósito digno, como los millones de hogares de la tierra; y el único remedio para ella, al igual que para ellos, es una economía austera, una simplicidad de vida severa y más que espartana, y la elevación del propósito.
Vive demasiado deprisa. Los hombres creen que es esencial que la Nación tenga comercio, exporte hielo, hable por telégrafo y viaje a treinta millas por hora, sin duda alguna, lo hagamos o no; pero si debemos vivir como papiones o como hombres, es algo un tanto incierto.
Si no preparamos traviesas, no forjamos raíles y no dedicamos días y noches a la labor, sino que nos ponemos a retocar nuestras vidas para mejorarlas, ¿quién construirá los ferrocarriles? Y si no se construyen los ferrocarriles, ¿cómo llegaremos al cielo a tiempo? Pero si nos quedamos en casa y atendemos nuestros asuntos, ¿quién querrá ferrocarriles? Nosotros no montamos en el ferrocarril; él monta sobre nosotros.