de una roca en busca de refugio. Cada niño vuelve a empezar el mundo, hasta cierto punto, y le encanta estar al aire libre, aun con humedad y frío. Juega a la casita, así como al caballo, poseyendo un instinto para ello. ¿Quién no recuerda el interés con el que, de joven, miraba las rocas salientes, o cualquier aproximación a una cueva? Era el anhelo natural de aquella parte, de cualquier parte de nuestro antepasado más primitivo que aún sobrevivía en nosotros. De la cueva hemos avanzado a los techos de hojas de palma, de corteza y ramas, de lino tejido y tensado, de hierba y paja, de tablas y tejuelas, de piedras y tejas. Al final, no sabemos lo que es vivir al aire libre, y nuestras vidas son domésticas en más sentidos de los que pensamos. Del hogar al campo hay una gran distancia. Sería bueno, tal vez, que pasáramos más de nuestros días y noches sin ninguna obstrucción entre nosotros y los cuerpos celestes, si el poeta no hablara tanto bajo un techo, ni el santo habitara en él por tanto tiempo. Los pájaros no cantan en las cuevas, ni las palomas atesoran su inocencia en los palomares.
Sin embargo, si uno se propone construir una casa para vivir, le conviene ejercer cierta astucia yanqui, no sea que después de todo se encuentre en un asilo de pobres, un laberinto sin salida, un museo, un hospicio, una prisión o, en su lugar, en un espléndido mausoleo.
Considerad primero cuán ligero es el amparo que resulta absolutamente necesario. He visto a indios penobscot, en este pueblo, viviendo en tiendas de tela de algodón fina, mientras la nieve tenía casi un pie de profundidad a su alrededor, y pensé que se alegrarían de que fuera más profunda para mantener fuera el viento.
Antigua y anheladamente, cuando el cómo