donde aún crecen los manzanos que Brister plantó y cuidó; hoy grandes y viejos árboles, pero cuyo fruto sigue sabiendo a manzana silvestre y a sidra para mi paladar. No hace mucho leí su epitafio en el viejo cementerio de Lincoln, un poco apartado, cerca de las tumbas sin marcar de algunos granaderos británicos que cayeron en la retirada desde Concord—donde lo denominan «Sippio Brister»—, aunque tenía cierto derecho a ser llamado Escipión el Africano—, «un hombre de color», como si estuviera desteñido. También me indicaba, con estentórea insistencia, cuándo murió; lo cual no era sino una forma indirecta de informarme de que alguna vez vivió. Con él vivía Fenda, su hospitalaria esposa, que leía la fortuna, aunque de manera agradable—grande, redonda y negra, más negra que cualquiera de los hijos de la noche, un orbe tan oscuro como jamás se había alzado sobre Concord antes ni después.
Más abajo en la colina, a la izquierda, en el viejo camino del bosque, quedan los rastros de alguna granja de la familia Stratton, cuyo huerto cubrió una vez toda la pendiente de la colina de Brister, pero que hace tiempo fue destruido por los pinos resinosos, a excepción de unos pocos troncos cuyas viejas raíces aún proporcionan los pies silvestres de muchos árboles prósperos del pueblo.
Más cerca aún del pueblo, se llega al paraje de Breed, al otro lado del camino, justo en el linde del bosque; terreno famoso por las travesuras de un demonio que no figura claramente en la mitología antigua, el cual ha desempeñado un papel destacado y asombroso en nuestra vida de Nueva Inglaterra y merece, tanto como cualquier personaje mitológico, que un día se escriba su biografía; el cual se presenta primero bajo la apariencia de un amigo o un jornalero, y luego roba y asesina a toda la familia: el ron de Nueva Inglaterra. Pero la historia no debe contar todavía las tragedias aquí representadas; que pase el tiempo en cierta medida para mitigarlas y darles un tinte azulado. Aquí, según la tradición más vaga y dudosa, hubo una vez una taberna; el pozo es el mismo que templaba la bebida