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Inauguración

La nieve ya había cubierto el suelo desde el 25 de noviembre y me rodeó de repente con el paisaje del invierno. Me retiré aún más en mi caparazón y me esforcé por mantener un fuego vivo tanto dentro de mi casa como dentro de mi pecho. Mi ocupación al aire libre ahora era recoger la madera muerta en el bosque, trayéndola en las manos o sobre los hombros, o a veces arrastrando un pino seco bajo cada brazo hasta mi cobertizo. Una vieja cerca del bosque que ya había visto sus mejores días fue una gran pesca para mí. La inmolé a Vulcano, pues ya no servía al dios Término. ¡Qué acontecimiento mucho más interesante es la cena de aquel hombre que acaba de salir a la nieve para cazar, qué digo, robar el combustible con el que cocinarla! Su pan y su carne son dulces. Hay suficientes ramas secas y madera de desecho de toda clase en los bosques de la mayoría de nuestros pueblos como para alimentar muchos fuegos, pero que actualmente no calientan ninguno y, según algunos, estorban el crecimiento del árbol joven. Estaba también la madera flotante del estanque. En el transcurso del verano había descubierto una balsa de troncos de pino peca con la corteza puesta, unidos por los irlandeses cuando se construyó el ferrocarril. Esto lo arrastré en parte hacia la orilla. Después de remojarse durante dos años y de yacer luego en lugar seco durante seis meses, estaba perfectamente sano, aunque empapado de agua más allá de toda posibilidad de sequedad. Me divertí un día de invierno deslizando esto trozo a trozo a través del estanque, casi media milla, patinando detrás con un extremo de un tronco de quince pies de largo sobre el hombro y el otro sobre el hielo; o até varios troncos juntos con una vara de abedul y luego, con un abedul o aliso más largo que tenía un gancho en el extremo, los arrastré al otro lado. Aunque completamente empapados y casi tan pesados como el

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