no mide mi carácter, sino tan solo la anchura de mis hombros, como si fuera una clavija donde colgar el abrigo? No adoramos a las Gracias, ni a las Parcas, sino a la Moda. Ella hila, teje y corta con plena autoridad. El mono principal de París se pone una gorra de viajero, y todos los monos de América hacen lo mismo.
A veces desespero de conseguir que se haga algo bien sencillo y honesto en este mundo con la ayuda de los hombres. Habría que pasarlos primero por una poderosa prensa para exprimirles las viejas ideas, de modo que no volvieran a ponerse en pie fácilmente; y entonces habría alguien en la compañía con un gusano en la cabeza, salido de un huevo depositado allí sabe Dios cuándo, pues ni el fuego mata a estas cosas, y habríais perdido vuestro trabajo.
No obstante, no olvidaremos que algo de trigo egipcio nos fue transmitido por una momia.
En conjunto, creo que no puede sostenerse que el acto de vestir haya alcanzado en este ni en ningún país la dignidad de arte. En la actualidad, los hombres se apañan para ponerse lo que pueden conseguir. Como marineros náufragos, se visten con lo que encuentran en la playa y, a poca distancia, ya sea de espacio o de tiempo, se ríen de la mascarada ajena. Cada generación se ríe de las modas viejas, pero sigue religiosamente las nuevas. Nos divisa contemplar el atuendo de Enrique VIII o de la reina Elizabeth, tanto como si fuera el del rey y la reina de las islas de los Caníbales. Todo disfraz fuera de un hombre es lastimoso o grotesco. Solo la mirada seria que asoma y la vida sincera que transcurre en su interior frenan la risa y consagran el atuendo de cualquier pueblo. Que a Arlequín le dé un cólico y sus