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Economía

bolsillo los clavos, grapas y estacas que aún servían, estaban derechos y se podían usar, y luego se quedaba, cuando yo volvía para saludar y mirar con frescura y despreocupación, con pensamientos primaverales, la devastación; ya que escaseaba el trabajo, según decía. Estaba allí para representar el papel de espectador y ayudar a convertir este acontecimiento, en apariencia insignificante, en algo comparable al traslado de los dioses de Troya.

Cavé mi sótano en la ladera de una colina orientada al sur, donde anteriormente una marmota había excavado su madriguera, a través de raíces de zumaque y zarzamora, y la huella más baja de vegetación, de seis pies de lado por siete de profundidad, hasta llegar a una arena fina donde las papas no se congelarían en ningún invierno.

Los lados se dejaron en pendiente, sin revestir de piedra; pero como el sol nunca les había dado, la arena aún se mantiene en su sitio. Fue el trabajo de apenas dos horas.

Sentí un placer particular al abrir esta tierra, pues en casi todas las latitudes los hombres cavan en la tierra en busca de una temperatura estable. Bajo la casa más espléndida de la ciudad aún se encuentra el sótano donde almacenan sus raíces como antaño, y mucho después de que la superestructura haya desaparecido, la posteridad señala su mella en la tierra. La casa no es todavía más que una especie de pórtico a la entrada de una madriguera.

Por fin, a principios de mayo, con la ayuda de algunos conocidos —más para aprovechar una ocasión tan propicia para la buena vecindad que por verdadera necesidad—, levanté el armazón de mi casa. Ningún hombre fue jamás más honrado en la catadura de sus edificadores que yo. Están destinados, confío, a colaborar en la elevación de estructuras más grandiosas algún día. Comencé a ocupar mi casa el 4 de julio,

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