obtenido aquellas cosas que son necesarias para la vida, hay otra alternativa además de conseguir lo superfluo; y esa es aventurarse ahora en la vida, habiendo comenzado sus vacaciones de la faena más humilde. La tierra, al parecer, es propicia para la semilla, pues esta ha enviado su radícula hacia abajo, y ahora puede también enviar su brote hacia arriba con confianza. ¿Por qué se ha enraizado el hombre con tanta firmeza en la tierra, sino para elevarse en la misma proporción hacia los cielos de arriba?—pues las plantas más nobles son valoradas por el fruto que al fin producen en el aire y la luz, lejos del suelo, y no son tratadas como las hortalizas más humildes, las cuales, aunque puedan ser bienales, se cultivan solo hasta que han perfeccionado su raíz, y a menudo se cortan por la parte superior con este propósito, de modo que la mayoría no las reconocería en su época de floración.
No pretendo prescribir reglas a las naturalezas fuertes y valientes, que atenderán a sus propios asuntos, ya sea en el cielo o en el infierno, y tal vez construirán con más magnificencia y gastarán con mayor prodigalidad que los más ricos, sin empobrecerse jamás, sin saber siquiera cómo viven —si es que en verdad existen tales, como se ha soñado—; ni a aquellos que hallan su estímulo e inspiración precisamente en el estado actual de las cosas, y lo atesoran con el cariño y el entusiasmo de los amantes —y, hasta cierto punto, me cuento en este número—; no hablo a quienes están bien empleados, cualesquiera que sean sus circunstancias, y ellos saben si están bien empleados o no; sino principalmente a la masa de hombres que están descontentos, y se quejan ociosamente de la dureza de su suerte o de los tiempos, cuando podrían mejorarlos. Hay algunos que se quejan