plomo, no solo ardían durante mucho tiempo, sino que hacían un fuego muy caliente; es más, pensé que ardían mejor por el remojo, como si la brea, retenida por el agua, ardiera por más tiempo, a la manera de una lámpara.
Gilpin, en su descripción de los habitantes de los márgenes de los bosques de Inglaterra, dice que «las usurpaciones de los intrusos, y las casas y cercas levantadas de este modo en los linderos del bosque», se consideraban «grandes molestias según la antigua ley forestal, y eran castigadas severamente bajo el nombre de purprestures [usurpaciones], por tender ad terrorem ferarum—ad nocumentum forestae, etc.», al espanto de la caza y en detrimento del bosque. Pero a mí me interesaba la preservación de la carne de caza y el ramaje verde más que a los cazadores o leñadores, y tanto como si yo mismo hubiera sido el Lord Warden; y si alguna parte se quemaba, aunque la quemara yo por accidente, me afligía con un dolor que duraba más y era más inconsolable que el de los propietarios; es más, me afligía cuando era talada por los propios propietarios. Ojalá nuestros granjeros, al derribar un bosque, sintieran algo de aquel temor reverencial que sentían los antiguos romanos cuando iban a clarear, o a dejar entrar la luz en, un bosquecillo consagrado (lucum conlucare), es decir, que creyeran que está consagrado a algún dios. El romano hacía una ofrenda expiatoria y rezaba: Sea cual fuere el dios o la diosa a quien este bosquecillo esté consagrado, sé propicio conmigo, con mi familia y mis hijos, etc.
Es notable el valor que aún se le concede a la madera, incluso en esta época y en este nuevo país, un valor más permanente y universal que el del oro. Después de todos nuestros descubrimientos e inventos, nadie pasa de largo ante una pila de leña. Es tan preciosa para nosotros como lo fue para nuestros antepasados sajones y normandos. Si ellos hacían con ella sus arcos, nosotros fabricamos con ella las culatas de nuestras armas. Michaux, hace más de treinta años, dice que el precio de la leña para combustible en Nueva York y Filadelfia «casi iguala, y a veces supera, al