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Inauguración

Madera verde y dura recién cortada, aunque usé poca cantidad de esa, respondió a mi propósito mejor que cualquier otra.

A veces dejaba un buen fuego cuando iba a dar un paseo en una tarde de invierno; y cuando regresaba, tres o cuatro horas después, todavía seguía vivo y resplandeciente. Mi casa no estaba vacía aunque yo me hubiera ido. Era como si hubiera dejado atrás a un alegre ama de llaves. Éramos el Fuego y yo quienes vivíamos allí; y por lo general mi ama de llaves resultaba digna de confianza.

Un día, sin embargo, mientras cortaba leña, pensé en echar un simple vistazo por la ventana para ver si la casa se estaba incendiando; fue la única vez que recuerdo haber estado particularmente ansioso por este motivo; así que miré y vi que una chispa había alcanzado mi cama, y entré y la apagué cuando ya había quemado un sitio del tamaño de mi mano.

Pero mi casa ocupaba una posición tan soleada y resguardada, y su techo era tan bajo, que podía darme el lujo de dejar que el fuego se apagara a mitad de casi cualquier día de invierno.

Los topos anidaban en mi sótano, roidiendo cada tercera patata y haciéndose un nido acogedor allí mismo con algo de pelo sobrante del enlucido y papel de estraza; pues hasta los animales más salvajes aman el confort y el calor tanto como el hombre, y solo sobreviven al invierno por lo mucho que se esmeran en asegurarlos. Algunos de mis amigos hablaban como si yo hubiera venido a los bosques con el propósito de congelarme. El animal simplemente se hace un lecho, que calienta con su cuerpo, en un lugar resguardado; pero el hombre, habiendo descubierto el fuego, encierra un poco de aire en una

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