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Economía

tan pronto como estuvo entablada y techada, pues las tablas estaban cuidadosamente biseladas y solapadas, de modo que era perfectamente impermeable a la lluvia; pero antes de colocar las tablas puse los cimientos de una chimenea en un extremo, acarreando colina arriba desde el estanque dos carretadas de piedras en mis brazos. Construí la chimenea después de escardar en otoño, antes de que el fuego fuera necesario para abrigarse, haciendo mientras tanto la cocina al aire libre sobre el suelo, temprano por la mañana: método que aún hoy considero en ciertos aspectos más cómodo y agradable que el habitual. Cuando llovía antes de que mi pan estuviera cocido, colocaba unas pocas tablas sobre el fuego y me sentaba bajo ellas para vigilar mi hogaza, pasando así unas horas muy agradables. En aquellos días, en que mis manos estaban muy ocupadas, leía poco, pero los más insignificantes pedazos de papel que yacían en el suelo, mi agarradera o mi mantel me proporcionaban tanto entretenimiento —de hecho, cumplían el mismo propósito— que la Ilíada.

Valdría la pena construir todavía con más premeditación de la que hube menester, considerando, por ejemplo, qué cimiento tienen una puerta, una ventana, un sótano, una buhardilla en la naturaleza del hombre, y acaso no levantando nunca superestructura alguna hasta que encontráramos para ello una razón mejor que nuestras necesidades incluso pasajeras. Hay en que un hombre construya su propia casa algo de la misma idoneidad que hay en que un pájaro construya su propio nido. ¿Quién sabe si, en el caso de que los hombres construyeran sus moradas con sus propias manos y proveyeran de alimento para sí mismos y sus familias con la suficiente sencillez y honestidad, la facultad poética se desarrollaría universalmente, del mismo modo que los pájaros cantan universalmente cuando se ocupan en ello? ¡Pero ay!, hacemos como los tordos renegridos y

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