Las apariencias y las ilusiones son estimadas como las verdades más sólidas, mientras que la realidad es vista como algo fabuloso.
Si los hombres observaran con constancia únicamente las realidades, y no se dejaran engañar, la vida, para compararla con cosas que conocemos, sería como un cuento de hadas y Las mil y una noches.
Si respetáramos solo lo que es inevitable y tiene derecho a serlo, la música y la poesía resonarían por las calles.
Cuando estamos libres de prisas y somos sabios, percibimos que solo las cosas grandes y dignas tienen una existencia permanente y absoluta, que los pequeños miedos y los pequeños placeres no son más que la sombra de la realidad. Esto resulta siempre estimulante y sublime.
Cerrando los ojos y durmiendo, y consintiendo en ser engañados por las apariencias, los hombres establecen y confirman en todas partes su vida cotidiana de rutina y hábito, la cual sigue construyéndose sobre cimientos puramente ilusorios.
Los niños, que juegan a la vida, disciernen su verdadera ley y sus relaciones con mayor claridad que los hombres, quienes no logran vivirla dignamente, pero creen ser más sabios por la experiencia, es decir, por el fracaso.