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Granja Baker

su padre como en los palacios de los nobles, y miraba desde su hogar en medio de la humedad y el hambre inquisitivamente al extranjero, con el privilegio de la infancia, sin saber si era el último de una estirpe noble, la esperanza y el centro de atención del mundo, en vez del pobre mocoso hambriento de John Field. Allí nos sentábamos juntos bajo la parte del tejado que goteaba menos, mientras llovía a cántaros y tronaba afuera. Yo me había sentado allí muchas veces en el pasado, antes de que se construyera el barco que trajo a su familia a América. Un hombre honesto, trabajador, pero indudablemente desorganizado era John Field; y su esposa, ella también era valiente al cocinar tantas cenas sucesivas en los recovecos de aquella estufa alta; de rostro redondo y grasiento y pecho descubierto, pensando aún en mejorar su condición algún día; con el trapo de pisos siempre presente en una mano, y sin embargo, ningún rastro de él visible en ninguna parte. Las gallinas, que también se habían resguardado allí de la lluvia, deambulaban por la habitación como miembros de la familia, demasiado humanizadas, a mi parecer, como para asarlas bien. Se detenían y me miraban a los ojos o picoteaban mi zapato significativamente. Mientras tanto, mi anfitrión me contaba su historia, lo mucho que trabajaba cavando turberas para un granjero vecino, removiendo un prado con una pala o azada de turbera a razón de diez dólares el acre y el uso de la tierra con abono por un año, y su pequeño hijo de cara ancha trabajaba alegremente al lado de su padre todo ese tiempo, sin saber cuán mal negocio había hecho este último. Intenté ayudarlo con mi experiencia, diciéndole que era uno de sus vecinos más cercanos, y que yo también, que venía a pescar aquí y parecía un vago, me ganaba la vida como él; que vivía en una casa sólida, luminosa y limpia, que apenas costaba más que el alquiler anual de una ruina como la suya por lo general; y cómo, si lo deseaba, podía construirse en uno o dos meses un palacio propio; que yo no consumía té, ni café, ni manteca, ni leche, ni carne fresca, y por lo tanto no tenía que trabajar para conseguirlos; que, de nuevo, como no trabajaba duro, no tenía que comer duro, y la comida me costaba una minucia; pero como él había

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